…Por Manuel Cárdenas Fonseca..
Hoy México enfrenta la necesidad de redefinir su relación con los Estados Unidos en todos los ámbitos, pero también con el resto del mundo. Estamos ante un nuevo escenario marcado no solamente por la llegada de un nuevo gobierno a nuestro país vecino que continúa impulsando el replanteamiento de nuevas estrategias en sus relaciones con el exterior, sino también por el resurgimiento a nivel mundial, del añejo debate entre apertura, proteccionismo y flujos migratorios que violentan las normas y las leyes que cada nación se ha dado acorde a los acuerdos internacionales.
En un mundo cuya interdependencia ya no admite retorno, requerimos repensar la forma en que México se insertará en un nuevo orden mundial que aún está en construcción, la forma en que tomaremos ventajas, los temas que impulsaremos y las prioridades que guiarán nuestras acciones sin olvidar que no podemos exigir lo que no hacemos.
No es hablar de retos y oportunidades en forma abstracta, sino de realidades que nos obligan a replantear los términos de nuestras relaciones con el mundo; a imponer el pragmatismo sobre los principios de política exterior, y a actuar a tiempo, pero sin prisas, para defender los intereses de México (término tan amplio y ambiguo que casi nunca sabemos a qué se refiere) en temas concretos y específicos en relación con cada país y en cada foro internacional.
A nadie escapa que nuestra relación con los Estados Unidos es la más importante y compleja que tenemos.
Con los Estados Unidos hemos tenido históricamente una relación de claroscuros, de amplios contrastes, pasando desde un aparente alejamiento en ciertos momentos a también, un aparente “compadrazgo” en otros. Lo cierto es que siempre ha sido una relación difícil, marcada por grandes asimetrías y por grandes dependencias. Una relación en donde casi siempre nos hemos quejado, pero donde también hemos obtenido grandes beneficios y no hemos aprovechado muchas oportunidades y ventajas.
Aunque siempre nos empeñamos en repetir esa frase que se le atribuye a Porfirio Díaz de “Pobre México tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, lo cierto es que nuestra inevitable vecindad ha permitido una gran integración que se expresa en una creciente actividad comercial (el 80% de nuestras exportaciones tienen como destino ese mercado) en la necesidad de trabajar juntos en temas de seguridad, combate a la delincuencia organizada, lo que incluye lavado de dinero, provenga de donde provenga y en México no hemos entendido que nuestra irresponsabilidad en la frontera sur ahora nos cobra en la frontera norte.
A nadie escapa tampoco que con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, este país, a saber de su gobierno, amplía los riesgos para México y en general para el mundo. Y los riesgos son mayores no porque necesariamente haya un cambio de rumbo en la política exterior y comercial de este país, sino porque hay un cambio de formas.
Mientras en otros momentos se mantuvo el tono diplomático, aunque al mismo tiempo se deportaran a más de dos millones y medio de mexicanos (gobierno de Obama) o se aplicaban medidas no arancelarias a productos mexicanos como el caso del atún, del azúcar y de otros servicios como el transporte, hoy el estilo personal de gobernar se expresa en declaraciones abiertas, confrontaciones y órdenes ejecutivas inmediatas que no sólo sorprenden y asustan, sino que promueven posiciones similares en otras regiones del planeta. O igual habría que agradecer que ya no tenemos la hipocresía de otros presidentes norteamericanos.
El riesgo de Trump es que su “estilo” no encuentre frenos en las instituciones de su propio país y se convierta en una política de Estado frente al exterior y primordialmente hacia México, en donde el diálogo y la negociación puedan ser sustituidos por la imposición del más fuerte, o bien, que nos hagan recordar a Sor Juana Inés de la Cruz y nos acusen de ser la razón de lo que hoy nos quejamos.
Lo que en realidad me preocupa ante esta evidente emergencia es la forma en que México está reaccionando y va a reaccionar en el corto, mediano y largo plazos. En el país se están destinando ríos de tinta y horas y horas de transmisión de radio y televisión para analizar la personalidad y conducta del presidente norteamericano y lo que nos puede hacer a nosotros, de igual forma están actuando la mayoría de los políticos; pero de lo que no se habla mucho es de las cosas que nos toca hacer a los mexicanos (algunas de las cuales debimos hacer hace mucho tiempo) y de lo que vamos a buscar en la redefinición en nuestras relaciones con este país.
Aún desconozco el catálogo de temas que están en la agenda mexicana con los Estados Unidos y cuál es nuestra posición en cada uno de ellos.
No creo que se trate solamente de renegociar un acuerdo comercial si no hemos definido los temas y términos en que estamos dispuestos a hacerlo; no se trata solamente de destinar recursos para defender los derechos de los connacionales en ese país y de darle los apoyos a los que ya han retornado a nuestro país, sino de poner en marcha la vía diplomática para frenar las deportaciones o cuando menos, para hacerlas ordenadamente. Se trata también de hacer prioridades temas de la agenda bilateral que no están en el interés actual del país vecino, como el tráfico de armas y de dinero.
Me preocupan las declaraciones apresuradas que desconocen nuestro marco jurídico en materia de política exterior y comercio internacional, y por supuesto el de nuestro país vecino, y que por simples afanes mediáticos intentan promover “decretos legislativos” (eso no existe en México) para definir nuestra política exterior. No creo que por ahí deba ir el asunto.
Reconozco que el Ejecutivo Federal ya ha dado pasos importantes para responder a esta nueva realidad, como es el nombramiento de un nuevo Embajador en los Estados Unidos, que seguramente ratificaremos en el Senado cuando se publique este artículo. Pero aún hay mucho por explicar que espero se haga durante la comparecencia del Secretario de Relaciones Exteriores en la cámara de Senadores el próximo día 28.
Lo que sí es admirable es la unidad que ha surgido en nuestro país frente a esta situación por más merecida que la pudiéramos tener y que no se había mostrado de esa forma probablemente desde la expropiación petrolera, independientemente de que en muchos rubros nos queramos presentar como víctimas cuando somos los victimarios, sin embargo, espero que demos cauce positivo y salgamos fortalecidos como sociedad y como nación sin perder de vista que no debemos ver las astilla en el ojo ajeno ignorando la viga en el propio.
¡Muchas gracias y sean felices!
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